jueves, noviembre 20, 2008

20 DE NOVIEMBRE, ASUNTO DEL AMANECER

Asunto de amaneceres, alumnos de la Facultad. Hoy toca la lección difícil, porque es natural que el espíritu se desmande al mirar los ojos de la injusticia, y es entonces cuando la voluntad debe imponer a cada uno lo que tenemos todos: la abundancia del corazón y el cierto orgullo de ser ahora y siempre falangistas.

Nuestro camarada Rafael C. Estremera lo explica mejor en su página maestra, cuyo link tenéis aquí mismo. El ánimo del falangista ha de permanecer constante en la vitoria y en la derrota; en la pasión y en la calma. Se trata de un ánimo probado muchas veces.  Rabia, si quieres; llora, e incluso amenázate si te cuesta esta lección de hombría.  Y mándate.

Nuestro camarada Rafael C. Estremera derrama hoy la gradeza a la que siempre se ha de servir. La Facultad recoge lo  que recoge él; piensa lo que él piensa y debe lo que él debe: Mantener el rumbo que hemos elegido por la Patria, el Pan y la Justicia. A nuestra costa y no a la de otros.

Desde esta página, firmes y contenidos,  leed lo que dijo, cuando todavía caían nuestros mayores en la vida y en la muerte, uno de los falangistas del principio del Tiempo Mejor. No olvidéis que, al huír de Barcelona derrotados,  los que hoy se dicen leales, sembraron el camino hasta Francia de muertos que supieron morir. Uno de ellos, fusilado con los demás, fue Rafael Sánchez Mazas. Pero sobrevivió y pudo llegar a la Zona Nacional, que entonces no era sino el anticipo de la España que amanecía.

Vivió y vivió sin odio hacia sus matadores. Conocía los tormentos de la guerra y del cautiverio y en ellos vio, quizá, un anticipo del duro final de la primera victoria. Habría que conseguir otra más en lo futuro. Deteneos en cada oración y considerad que este hombre fue asesinado y vivió, como fue leído y recitado, pero no secundado por quienes debimos y debemos.

Oración por los muertos de la Falange

Señor:

 Acoge con piedad en Tu seno a los que mueren por España, y consérvanos siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España, y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mejores armas.  


 Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor; y el último secreto de sus corazones, era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor, ni odiar al enemigo.


 Y Tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar, con su sacrificio generoso, a los mismos que les asesinaron; para cimentar con su sangre fértil, las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera. 
 
 Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado los ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos, las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa indulgencia delitos contra los delitos, y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente.


 Tú no nos elegiste para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes, sino soldados ejemplares, custodios de valores 
augustos, números ordenados de una guardia, puesta a servir con honor y con valentía la suprema defensa de una Patria.


 Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir, no sólo su potencia, sino su odio.


 A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa, preferimos la derrota. Porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y de una moral superior.


 Aparta, así, Señor, de nosotros, todo lo que otros quisieran que hiciésemos, y lo que se ha solido hacer en nombre de vencedor impotente de clase, de partido o de secta. Y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una Cristiandad civilizada y civilizadora.


 Sólo Tú sabes, con palabra de profecía, para qué deben estar aguzadas las flechas y tendidos los arcos.


 Danos ante los hermanos muertos por la Patria, perseverancia en este amor, perseverancia en este valor, perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras, peores que voces de mujeres necias. Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de esta España en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad social de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre, y entre los hombres.


 Y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa española del canto universal de Tu Gloria.

Rafael Sánchez Mazas


 Aquí no se enseña grandeza, muchachos. Aquí se exige Grandeza.



Andad ahora a las páginas de Rafael C. Estremera, que tanto ha trabajado en la vida exigente para, llegado este momento, no odiar. Llegada esta hora, sentir la alegría de la Victoria: de aquella y de la próxima. Porque las queremos limpias y claras. Porque sabemos sonreír ante el éxito y ante el fracaso, esos impostores.


Dios y España no esperan otra cosa.


La grandeza, muchachos, no se enseña.  Exigídosla.


Por si aún así no entendieran,

sabed que son lícitas la pacífica arrogancia

y la perseverancia en  el menosprecio legítimo.




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